La Moya: los bosques recreativos como jardines del Inka

Una mirada andina al jardín, la naturaleza y el conocimiento ancestral Cuando pensamos en jardines, solemos imaginar espacios diseñados con flores ordenadas, senderos geométricos y fuentes de agua. Sin embargo, para los Inkas, el concepto de jardín era muy distinto. En el mundo andino prehispánico, el jardín no era un espacio artificialmente controlado, sino un ecosistema vivo, diverso y dinámico: la moya.

1/27/20262 min read

¿Qué era la moya?

La moya fue descrita por cronistas coloniales como bosques densos y protegidos, asociados a palacios y espacios de élite del Inka. No eran áreas agrícolas ni de pastoreo, sino espacios recreativos y de contemplación, donde convivían árboles, flores, animales silvestres, insectos y cuerpos de agua.

Estos bosques cumplían funciones múltiples:

  • Espacios de descanso y recreación para el Inka y las panacas

  • Lugares de caza controlada en determinadas épocas del año

  • Reservorios de biodiversidad

  • Escenarios de observación del comportamiento de la naturaleza

En esencia, la moya puede entenderse como el jardín andino, un jardín vivo y silvestre.

El jardín Inka y la relación con la naturaleza

A diferencia de los jardines occidentales, el jardín Inka no buscaba dominar la naturaleza, sino convivir con ella. La naturaleza era concebida como un ser vivo —la Pachamama— que provee, cría y también necesita respeto, alimento y cuidado.

Los Inkas comprendían profundamente el bosque andino. Para ellos, el bosque era un libro abierto de aprendizaje, donde cada especie vegetal o animal tenía un significado, una función y un tiempo específico dentro del ciclo natural.

Flora y fauna como indicadores del clima

Uno de los aspectos más fascinantes del conocimiento Inka fue el uso de bioindicadores naturales. Flores, insectos, aves y mamíferos permitían anticipar lluvias, sequías, heladas o buenas cosechas.

Por ejemplo:

  • La floración del sancayo indicaba años favorables para la agricultura

  • Ciertas aves anunciaban el incremento del nivel de las lagunas

  • Insectos acuáticos eran indicadores de la calidad del agua y también fuente de alimento

Este conocimiento no era simbólico únicamente, sino práctico y vital para la planificación agrícola y ritual.

La iconografía Inka: jardines plasmados en el arte

Aunque no se conservan jardines físicos, el arte Inka ofrece valiosas pistas. En la cerámica, los textiles y las esculturas se representan:

  • Flores como la cantuta, el ñucchu o el sullu sullu

  • Insectos, aves y animales silvestres

  • Andenes, canales, fuentes de agua y paisajes agrícolas

Estas representaciones demuestran que los Inkas no solo observaban la naturaleza, sino que la interpretaron y codificaron en su arte como parte de su cosmovisión.

Un ejemplo notable es el uncu Inka con flores de cantuta organizadas en patrones simétricos, lo que sugiere la existencia de jardines ordenados o zonas ajardinadas, como el histórico sector de Kantupata en el Cusco.

Plantas medicinales y conocimiento ritual

Las moyas también albergaban una gran diversidad de plantas medicinales silvestres, utilizadas para tratamientos físicos, rituales y espirituales. El conocimiento de estas plantas incluía:

  • El momento exacto de la cosecha

  • Rituales previos al corte

  • Clasificaciones como “plantas macho y hembra” o “frías y calientes”

Este saber ancestral sigue presente en muchas comunidades andinas actuales.

La moya hoy: una herencia viva

Aunque muchas moyas desaparecieron con el tiempo, su esencia persiste. En los Andes actuales aún se observan:

  • Pequeños huertos familiares

  • Viviendas rodeadas de flores andinas

  • Espacios dedicados a plantas medicinales

Estas prácticas reflejan una continuidad cultural que conecta el pasado Inka con el presente.

La moya nos invita a repensar nuestra relación con la naturaleza. Más que un jardín ornamental, fue un ecosistema protegido, un espacio de aprendizaje, espiritualidad y equilibrio. En tiempos de crisis climática y pérdida de biodiversidad, el concepto de la moya ofrece una valiosa lección: conservar, observar y convivir, en lugar de explotar.